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Por: Jose Raymundo Alvarado Huerta / Cronista de la Ciudad
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Se escuchan rumores de truenos por el rumbo de la Sierra del Tenzo, negras nubes avanzan hacia el valle atlixquense. El sol temeroso de mojarse se esconde con todo y brazas por la Sierra Nevada, escudándose tras el Popocatepetl, que frunce el seño mientras la mujer blanca sonríe burlonamente peinándose la cabellera. Una fina llovizna se deja sentir;  un aire frio hace tiritar a los viejos muros de las casonas que sin sombreros para protegerse, sienten como sus colorados techos catalanes se humedecen despidiendo un olor a ladrillo mojado.

La gente de la vieja Villa se agita y apresura su paso, antes lento y elegante, abren  sus paraguas negros o se tapan de la llovizna con esos hueles de colores con capucha, que de momento y sin saber de donde se ponen a la venta; a  los que  tomo por sorpresa  se resignan a ser de nuevo bautizados por una mano misteriosa y quisieran aprovechar la oportunidad para cambiarse de nombre y maldicen el momento en que se les olvido la cachucha y  la chamarra.

Gruesas gotas de agua fría caen y el ruido que hacen al chocar contra el suelo semeja a miles de martillos golpeando contra un yunque, como si  estuvieran trabajando el día de raya los herreros del Crucero 33 conocidos como los Muertos. 

Los campesinos del Val de Cristo rezan a San Isidro Labrador para que quite el agua y ponga el sol y ruegan a San Félix que este pendiente, que tenga preparados a los graxos para cualquier emergencia y que de una vez por todas haga bien los milagros. 
Los árboles de los Solares Chicos se persignan para que no les caiga un rayo, mientras el viento  los mece con  violencia, y les hace cosquillas para qué suelten sus frágiles hojas que se lleva  en remolinos por Tlaxisco y Cotzala arrastrando la hojarasca hasta Chalpatlaco.

Relámpagos, truenos y rayos sostienen una guerra sin cuartel sobre la ciudad, que por más de cuatrocientos años no había visto algo parecido, el  torrencial aguacero simulando la sangre derramada en esta lucha corre por las calles perdiéndose en las atarjeas de fierro colado dejando amontonada la basura y limpias de pecados las banquetas.

El granizo, cual  balas perdidas de la Revolución, golpean las torres de San Agustín y la Merced que en ese momento quisieran hacer un pacto de civilidad como los que se acostumbran actualmente, para que no se siga atentando contra sus fachadas, muestras del barroco atlixquense; la espadaña de la Tercera Orden, apresurada enjuaga sus campanas; sufre el viejo convento del Carmen por un resfriado de años. 

El aguacero esta en su punto, Tláloc y los tlaloques sienten que se les paso la mano y en vano intentan controlar la víbora de agua que golpea con su cola a Nexatengo y Chilhuacan , los jagüeyes están llenos, el canal de Los Arcos se derrama, los pirus , los fresnos y los alcanfores de la barranca de la Carolina asuntados por la venida de agua se aferran a sus raíces mientras rezan La Magnifica.

En las calles de Locería y de Varela el nivel del agua ha rebasado las guarniciones y parece tener la intención de meterse a las vecindades. El cerro de San Miguel empapado se ríe a carcajadas  del  Tecoloche, que mojado y lleno de lodo esta peor y no disimula su enojo haciéndole mexicana señal.

El agua corre por todos lados tocando las puerta de las casa, preguntando si  alguien necesita que le laven los pies, la ropa y los tendederos, que el viento al grito de “ ay  les voy”, los aventó a la calle o la azotea del vecino, revolcados en lodo.
La estatua de Benito Juárez que se encuentra en el zócalo, se tapa la cabeza con el libro de la Constitución de 1857 que estaba leyendo a los de enfrente; la  del general Carvajal se deslava y se le comienza ver el material de que esta hecha mientras un grueso mecate amarrado a su pescuezo parece ahorcarlo; la de Hidalgo quisiera correr a guarnecerse al portal de Cunqueiro para que no se despinte su estandarte que aun cree que tiene en sus manos.

¡Ay nanita! Gritaban los ambulantes de la 7 sur, mientras recogían sus manteados rotos por el aire y agujerados por el granizo y se lamentaban que su pago al municipio y al sindicato no tuviera una amplia cobertura para desastres como este; las camionetas de protección civil recorren las calles” cual patas que lleva el diablo” esperando que todo este “sin novedad”.

Atlixco y sus habitantes aguantan como siempre y al otro día por la mañana al calor de los comentarios se preguntaran ¿Cómo te fue de aguacero?  Y  la respuesta lógica es “a mi los aguaceros me pelan los dientes”. ¡Y que venga un temblor ha ver si es muy chicho!

Atlixco se limpia la cara con un paliacate y esboza una sonrisa que poco a poco se vuelve  carcajada y después un grito de alegría que retumba por la calle del Columpio.

El León Rampante con sombrero, paraguas e impermeable brincando los charcos de la 11 poniente.