Buscar

4507332
Hoy
Ayer
Esta semana
Este mes
116
230
626
9565

Una vida en el arte.
Bajo un cielo de provincial atardecer ocre se encuentra Atlixco, cuando el sol vacila en marcharse. La parroquia de la Natividad es el principal edificio de este municipio. Se yergue junto al zócalo, que algunos fines de semana se llena de colorido y flores, volviéndose realmente pintoresco. Si se camina dos cuadras “hacia abajo” de su parroquia y se gira a la izquierda por la cuatro norte, hasta llegar a la iglesia del “dulce nombre”, cualquier caminante  verá una pequeña tiendita del otro lado de la calle, y si entrase en ella, notaría que del lado derecho, en un sombrío cuarto contiguo se encuentra un enorme restirador, y sobre tal, algunas pinturas que esperan ser recogidas, u otras que faltan por terminarse. Aquella tienda es la de Carlos Huerta Cerezo.

      Aquella tarde de sábado el caminante era yo. Sentado sobre una pequeña banquita de madera miraba por la puertecilla el atardecer y la cúpula y torre de la pequeña iglesia del “dulce nombre”, esperando a que don Carlos terminara de atender a un cliente para dar comienzo a la entrevista. Luego de que se retiró el cliente, don Carlos tomó una caja de refrescos y la improvisó como asiento. Así dio comienzo la entrevista, con el constante ronroneo de los refrigeradores y una que otra fuga de atención por atender a los compradores que entraban.

     Don Carlos, artesano del municipio de Atlixco, cuyas obras pictóricas o esculturales lo mismo aparecen como murales enormes durante la misa de viernes santo en la parroquia, o alguna vez coronaron una calle como pedido de la cámara del trabajo; incluso han de formar parte de las imágenes que algún brujo emplea en sus trabajos; también adornan las paredes de alguna casa en España o Estados Unidos, ya sea como retratos o títulos profesionales hechos artísticamente. Forman parte de la colección de sacos artísticos con motivo del fin de zafra anual del ingenio “el potrero”, de Veracruz, y también han de formar parte de la herencia que el multimillonario judío alemán, ex dueño del ingenio, dejó a su descendencia. Sin mencionar las demás obras que se exponen en la casa de la cultura,  Atlixco. Todo esto es poco decir de lo que una vida dentro del arte plástico ha dejado.

     Don Carlos nació el 4 de julio de 1940 en el municipio de Atlixco. Su gusto por el dibujo inició desde muy joven, y lo fue “por gusto y por necesidad”. Por gusto, con su hermano mayor que también dibujaba, “así los dos nos poníamos a dibujar”.  Por necesidad, al presentarse “una tragedia familiar donde no hubo más que ponerse a trabajar, y en medio del trabajo seguíamos cultivando el arte del dibujo hasta convertirlo en una profesión”. La primera técnica que utilizaron fue el lápiz sobre cartulina, y su preparación en este arte fue completamente autodidacta, como asegura don Carlos. Comenzaron por observar las técnicas que ocupaban otros pintores y luego comprando libros (económicos) acerca del dibujo. Pero su hambre artística no se conformó con eso, así que con el tiempo fueron aprendiendo distintas técnicas. Al cabo de varios años, y a base de práctica, ya trabajaba el modelado de madera, plastilina, esculpido en piedra y dibujo en lápiz, oleo, acuarela y más tarde al acrílico.

     Sus primeros trabajos sobre pedido: “Aproximadamente a los 18, 19 años de edad. Eran otros tiempos, la computación no estaba tan avanzada, y para hacer algún anuncio la gente dependía únicamente del dibujante. Atlixco en aquel entonces era una ciudad chica, y nos dimos a conocer rápido como dibujantes. De algunas casas comerciales comenzaron a pedirnos carteles para publicidad”.

     Aun que en esos tiempos en el municipio sí había rotulistas y pintores artísticos; los primeros hacían trabajos muy burdos, y los segundos “no los daban a conocer porque era gente de dinero que pintaba por gusto”. El trabajo de don Carlos entonces se destacó por sus elaborados y novedosos diseños hechos en técnicas artísticas. Combinaba el arte con la necesidad comercial de un anuncio de la época. Por eso, tiempo después, desde la Cámara del Trabajo le mandaban a los maestros para que les diseñara sus títulos profesionales de una manera artística. A don Carlos Huerta se le daban los requisitos de información que requerían los títulos y el diseño era libre. Después otros profesionistas se enteraron del servicio y comenzaron a buscarlo para que les diseñara sus títulos.

     Uno de sus primeros trabajos a gran escala: “Uno de los clientes muy importantes fue el párroco de entonces, el padre Ignacio Zarate Ortiz, que me encargaba muchos dibujos, uno de los cuales todavía se conserva, es un mural hecho en lona, de dimensiones muy grandes, que es exhibido todos los viernes santos durante la ceremonia de resurrección (…). Me llevó aproximadamente un mes (…). Lo hice aproximadamente en el sesenta y seis, yo tenía más o menos aproximadamente unos veinticinco o veintiséis años.”

     También durante esas épocas se le encargó un mural en lona, de gran formato acerca de la industria textil. Dicho mural, encargado por la Cámara del Trabajo, debía de tener doble vista, ya que se colocaría sobre la Avenida Libertad, en Atlixco.

     Sin duda, el trabajo que dio puerta a su etapa artística más prolífera fue el del Ingenio el Potrero, en Veracruz. En aquella época las fábricas textiles en Atlixco comenzaron a cerrarse y la situación andaba mal para todos. Fue entonces que don Carlos consiguió trabajo en el Ingenio el Potrero. Allí elaboraba los diseños de los costales conmemorativos de “fin de zafra”, obviamente teniendo como tema principal un potro al galope. Dichos costales eran enviados a los directivos con el número de costal grabado en la parte inferior, ya que cada año se batía record de producción. Cada año el pintor tenía que elaborar unos veinticinco costales pintados a mano, sin contar los diseños adicionales para los costalitos de medio kilo, los cuales eran luego copiados para hacerse en la “nueva técnica de la serigrafía”, y reproducidos en números no menores a quinientos. Durante esos años también se hacían festejos en los cumpleaños de los trabajadores. Un día a alguien se le ocurrió hacer la caricatura para regalar a un trabajador, y el acto terminó por volverse una costumbre donde después del festejo el momento cumbre resultaba la entrega de la caricatura del festejado, y como eran tantos, casi del diario había que estar haciendo caricaturas. También hizo tallados de madera en altorrelieve, con el tema “del potro” para adornar las oficinas. Otro fue que El Potrero hacía también Ron, pero debido a “una contaminación” se dejó de vender el mismo. Como consecuencia quedaron miles de barricas de doscientos litros de Ron, que ya no se vendió, en las bodegas. Aquellas barricas se regalaban a los directivos en fechas importantes y don Carlos hacía algún diseño pirograbado sobre aquellas barricas que se regalarían.

     El dueño del Ingenio el Potrero fue un judío alemán muy rico. Cuando el mismo le vendió la fábrica al gobierno, se le planeó hacer un regalo muy especial durante una ceremonia. El regalo consistió en una talla en altorrelieve de unos cuarenta por sesenta centímetros, la cual presentaba dos vistas desde el mismo punto del ingenio. Por un lado se mostraba el lugar en el momento en que lo compró el judío, y por otro, la manera en que fue comprada por el gobierno, y que en el centro tenía grabado en pergamino unas frases de agradecimiento al antiguo propietario.

     Durante la ceremonia en el hotel Grand Palace en el DF, el judío, al enterarse del regalo, pidió que fuese el creador el que se lo entregara. Así fue que don Carlos Huerta, sin esperarlo “y con mucha pena” pasara a entregar su trabajo.

     Esta época de mayor auge artístico duró de 1975 a 1995, y durante ella sucedió una anécdota digna de contarse. En aquellos días don Carlos viajaba de Veracruz a Atlixco cada quince días. En Atlixco un brujo le pidió una estatuilla de demonio para sus rituales. Ya estando en Veracruz trabajó la estatuilla y mandó a hacer el “trinche” con alguien que trabajara el acero, pero sin decirle el destino de aquella pieza. Al entregarle el “trinche”, el muchacho le preguntó para qué lo iba a utilizar porque mientras lo hacía recibió una descarga eléctrica muy fuerte de su máquina, cosa que nunca le había pasado. Así que don Carlos tuvo que decirle el fin del “trinche”. Pero al medirlo, el objeto no cumplía con la medida requerida, y bastante desconcertado el muchacho dijo que él lo hizo tal y como se lo pidieron. De todos modos lo volvió a hacer. Ya teniendo al diablito terminado en casa, y estando viendo la televisión, don Carlos notó que sus llaves colgadas en la pared vibraban como en un temblor, y salió corriendo de su cuarto pensando que era un sismo. Pero estando en la calle se dio cuenta que ni sismo, ni nada. Después de este suceso don Carlos llamó por teléfono al brujo y le comentó lo sucedido, a lo cual el brujo contestó; “el diablito anda inquieto. Tápelo con una sábana y póngalo en un rincón. Tráigamelo lo antes posible.” Así fue, y al regresar a Atlixco, y del mismo modo que hizo el creador del trinche, don Carlos no cobró por su trabajo.

     Luego de veinte años, don Carlos Huerta Cerezo regresó a Atlixco para quedarse. Aquí encontró de nuevo encargos. Unos de sus encargos constantes es el que le hace un grupo de vals para quinceañeras, el cual consiste en un retrato en acuarela de la quinceañera en cuestión, pero cuando ésta era niña. Los muchachos del vals se la regalan a la festejada después del show, y los encargos son constantes, o sea, cada que hay evento. Pero don Carlos sigue haciendo los títulos para los profesionistas que se lo piden, y algunos de sus trabajos han ido a Estados Unidos, a España y a otros países. Hoy en día sigue recibiendo pedidos de todo tipo, y seguramente no tiene para cuando dejar de pintar… ¡y qué bueno que sea así!

        ¿Algo que le dirías a los que lean ésta entrevista?: “Si se trata de quienes les gusta dibujar; pues que lo sigan cultivando, que no dependan exclusivamente  de que alguien los lleve de la mano, que lo sigan, lo que les nazca del corazón, en cualquier terreno del arte. Animo a quien le interese el arte, a que le entre. Que se fijen en los que fueron grandes en cualquier arte y en cualquier cultura.
Por: Francisco Huerta